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George Eliot

Posted under Biografía by admin on Lunes 2 julio 2012 at 10:30 am

(1819-1880)

Si Jane Austen fue la primera en aprovechar el potencial del la novela realista, George Eliot ganó respetabilidad por la novela como una seria forma del arte y como el novelista que quiere ser más que un animador. Ella llenó su trabajo con los regalos intelectuales de un pensador y transformó la ficción en una seria crítica de la vida, así como en un instrumento para investigar la vida y la psicología. Mientras la mayoría de las novelas escritas por mujeres del período victoriano podían ser catalogadas, como ella misma declarara, como «novelas tontas para damas novelistas», George Eliot ganó respeto para su sexo por su capacidad de penetración artística e intelectual. Después de George Eliot, las mujeres ya no necesitaron esconderse detrás de un seudónimo masculino para ser tomadas con seriedad.
George Eliot nació bajo el nombre de Mary Ann Evans en Warwickshire, Inglaterra. De niña, fue una estudiante seria y aplicada que leía ampliamente. Mientras asistía a la escuela, fue influenciada por el carismático clérigo evangélico John Edmund Jones. Para una muchacha tan precoz y profunda como Mary Ann, la dramática predicación y el mansaje de la salvación personal a través de la fe y el auto sacrificio de Jones, tocaron una cuerda.

En 1841, se mudó con su padre retirado a Coventry, y su familia, preocupada por su celo religioso, la animó a relacionarse con los progresistas pensadores locales Charles y Carlone Bray, con la esperanza de que Mary Ann moderara su casi fanática vena religiosa.

Pero en su lugar, el racionalismo filosófico al que estuvo expuesta causó no sólo que renunciara a su devoción evangélica, sino que perdiera por completo su fe religiosa. En una confrontación con su familia que se convirtió en un paradigma de escena en varias de sus novelas – conflictos entre la independencia y el deber, el individuo y la comunidad- Mary Ann se rehusó de plano a seguir asistiendo a la iglesia. Eventualmente se comprometió a asistir a la iglesia, pero se rehusó a renunciar a su convicción de que la moral personal, y no aquella regida por una comunidad, debe prevalecer. Durante sus años finales en casa ella dirigió la casa de su padre, leyó extensamente, y tradujo «La Vida de Jesús» de Spinoza y Strauss.

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